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Arrancad la esperanza del corazón del hombre y haréis de él un animal de presa.
– Marie Louise de la Ramée –

Efecto placebo y nocebo.

Dentro de las consecuencias de nuestras creencias una de las más evidentes, quizás, se refieren al efecto Placebo y Nocebo. Etimológicamente, placebo viene del latín placebo, primera persona del singular del futuro imperfecto del indicativo de placebo, y se traduce como te complaceré, te ayudaré, y originalmente es un componente inseparable de toda respuesta terapéutica ya sea esta farmacológica, psicoterapéutica o quirúrgica. El efecto placebo actúa siempre en beneficio del paciente sumando sus efectos positivos a los del resto de elementos que configuran el efecto global producido por el tratamiento.

Como contraparte tenemos, el término nocebo que se tomó del latín nocebo, primera persona del singular del futuro imperfecto del indicativo de nocebo, y se traduce como te haré daño, te perjudicaré. Es un componente no específico de la respuesta al tratamiento pero, a diferencia del efecto placebo, es de características adversas o perjudiciales. El efecto nocebo actúa, en contra del propio paciente, sumando sus características indeseadas a las del resto de adversidades que pueda generar la intervención terapéutica. Igual que en el caso del efecto placebo, es el sistema nervioso central el encargado de generar su acción, aunque sus mecanismos aún son menos conocidos.

Habitualmente el efecto placebo se encuentra en diferentes situaciones clínicas, y su efectividad depende del grado de sugestión. Los placebos más comunes incluyen: pastillas de azúcar, infusiones, cirugías placebo, y cualquier otro procedimiento en el que se da información falsa al paciente. En muchos casos, los efectos positivos del placebo desaparecen cuando se informa a los pacientes de la realidad del medicamento que están tomando.

La explicación neurocientífica postulada para justificar la acción placebo es que la creencia en el tratamiento o intervención termina estimulando (no por parte de la sustancia placebo) el córtex prefrontal, orbitofrontal y cingulado anterior, así como el núcleo accumbens, la amígdala, la sustancia gris periacueductal y la médula espinal, que influyen en la percepción de la salud y como consecuencia el individuo experimenta una respuesta de sanación.

Sin embargo, el Dr. Lipton lleva a los conceptos de placebo y nocebo fuera de su referencia original y los aplica de manera extendida junto a sus respectivas consecuencias. Ya que, el placebo originalmente se vincula a la supuesta complacencia del paciente para con el doctor o terapeuta y su tratamiento. Sin embargo, no solo es la creencia de que el terapeuta sabe lo que hace es también la confianza de que “ese” tratamiento le ayudará.

Simplificando el concepto, es la creencia de que algo te ayudará y te hará bien lo que hará que así sea y por el contrario, la creencia antagónica de que algo te hará daño tendrá resultados similares.

En palabras de Mark Twain el efecto nocebo pudiera invitarte a hacer o decir algo como esto: “cada vez que siento la urgencia de hacer ejercicio, me recuesto hasta que se me pasa la sensación”. Henry Ford por su parte diría “si crees que puedes, tienes razón y si crees que no puedes, también tienes razón”, y habla de lo mismo con un referente distinto.

La visión desde la física cuántica del efecto placebo o nocebo aplicado a salud o incluso al desarrollo personal tiene que ver con el hecho de que un pensamiento y una creencia son energía, no es que se manifiestan en energía, son energía y como tal generan o están en una forma de vibración específica con su respectiva frecuencia.

Según el Dr Lipton, las células y su memoria son susceptibles y permeables a estas vibraciones y lo son más aún si esa creencia está relacionada a la identidad de la persona y al conjunto de referencias propias del individuo. En otras palabras que pudiéramos decir que la persona sintonizará esta frecuencia curativa (placebo) y la destructiva y enfermante (nocebo) según sus creencias personales.

Ya la salud y el bienestar no dependen del doctor o terapeuta, sino que en sí el marco de creencias del individuo crearán un sustrato en base al cual la persona tendrá hábitos sanos o auto destructivos, pensamientos y relaciones ansiógenos o de amor y paz y así con cada relación e interacción en su vida.

Tendrá relaciones placebo o que le hacen bien y cuidado, no falsas relaciones que simulan hacerle bien; tendrá relaciones reales que le hacen bien si sus creencias así lo soportan o tendrá relaciones nocebo… o nocivas.

Hay que prestar atención y tener particular cuidado con las referencias orales, como plantean Bandler y Grinder, para poder identificar los mapas mentales y cuando una persona dice algo como: “Amo este trabajo” o “este trabajo me enferma”, pues más temprano que tarde aparecerán síntomas de amor o de enfermedad, según sea el caso, pues con eso se está vibrando.

Tendremos la calidad de vida y la salud que creemos que nos merecemos, ni más ni menos.

Muchos “científicos” actuales lo niegan de manera tan rotunda como obtusa. Para la medicina tradicional el efecto placebo es cosa de curanderos, visionarios o sencillamente pacientes altamente sugestionables con los que no se puede construir un patrón de comportamiento “científicamente válido”.

Por eso siguen cuestionando, aunque cada día con menos fuerza y convicción, que las emociones influyan de modo decisivo en el aparato orgánico. Una cosa es que sepamos cómo y otra diferente es que neguemos el qué. El hecho es, según todas las evidencias, que lo emocional controla lo orgánico, o cuando menos lo afecta de manera muy potente.

Si desechamos el poder de la mente en la curación de las enfermedades nos quedan dos mecanismos: la droga, esto es, el fármaco, y la cirugía. Ambos acompañados al compás de las sofisticadas técnicas de diagnóstico, que se soporta particularmente en el gran negocio que existe tras la industria farmacéutica ocupada en su rentabilidad.

Expone Mario Conde en su artículo “La mente cura o mata” que existe un conocido postulado tradicional de cirugía que dice: “en cirugía no cabe el efecto placebo”. Bruce Moseley publicó en 2012 un estudio sobre la cirugía de rodilla y en concreto trataba de averiguar qué parte de la cirugía provocaba la mejora en los pacientes. Para ello, llevado de ese afán de saber lo inconveniente que caracteriza al verdadero investigador, dividió el grupo en tres secciones.

Al primero le rebajó el cartílago dañado. Al otro le limpió la rodilla para erradicar cualquier material que pudiera ser responsable del efecto inflamatorio. Estas dos intervenciones constituyen lo que podríamos llamar tratamientos clásicos en estas dolencias. Al tercer grupo, sencillamente no le hizo nada. Sedó a los pacientes, hizo las tres incisiones de rigor, habló y actuó como normalmente lo hacía en todas sus intervenciones quirúrgicas y llegó hasta meter la mano en los sueros salinos para imitar el ruido que se produce al limpiar la articulación. Tardó cuarenta minutos en esta operación “virtual” y cosió. A los tres grupos se les aplicaron idénticos tratamientos o cuidados postoperatorios.

Los resultados fueron para algunos sorprendentes. Los dos primeros grupos mejoraron, conforme a lo previsto y a la experiencia de casos similares. El problema es que el tercer grupo también mejoró y lo hizo con idéntica intensidad a los dos operados. Para evidenciarlo se mostraron imágenes del grupo placebo jugando al baloncesto, corriendo y haciendo cosas que les resultaban imposibles antes de ser “operados”.

Lo importante es que ese proceso de fe, como lo llaman algunos, que referimos como efecto placebo, tiene su hermano gemelo malvado que aparece cuando la desesperanza es la emoción que se apodera de la palestra. Entonces, la mente puede curar o también te puede matar.

Clifton Meador llevaba reflexionando sobre el poder de la mente durante más de treinta años. En 1974 tuvo un paciente, su nombre era Sam Londe, quien decía padecer cáncer de esófago, enfermedad que por aquellos días era sencillamente letal. Le trataron el cáncer con técnicas convencionales, convencidos todos los médicos que ese tipo de cáncer necesariamente recidivaría, esto es, se reproduciría. Sin solución. En efecto: Londe murió poco después de su diagnóstico y tratamiento.

Decidieron practicar la autopsia. No encontraron ningún cáncer. En cualquier caso, ni por asomo células cancerígenas capaces de producir la muerte. Tenía un par de manchas en el hígado y otra en el pulmón, pero ni rastro del supuesto cáncer de esófago que oficialmente era el responsable de su muerte.

¿De qué murió si no tenía cáncer? Treinta años después, Meador sigue dando vueltas al asunto:
-Creí que tenía cáncer. El creyó que tenía cáncer. Todos cuantos le rodeaban creían que tenía cáncer… ¿Le robé la esperanza de alguna forma?

Terrible pregunta. Pero ahí queda, en el aire de las conciencias. El efecto placebo funciona. El efecto nocebo también. Una de nuestras grandes obligaciones consiste en no robar la esperanza.

El Dr. Domínguez, médico español especialista en hipnosis y sueño, durante una conversación sobre los efectos de la hipnosis, comentó de forma categórica que la mente funciona sobre el organismo en dos direcciones, curando o lastimando y luego enfatizó que lo peor que puede hacerse con una persona enferma es arrebatarle la esperanza. ¡Eso es condenarle a una muerte segura!

¡Los límites son internos y las posibilidades, también!

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