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Nuestras acciones están gobernadas por nuestro inconsciente ya sea para impulsarnos a hacer lo que deseamos o para sabotearnos e impedirnos lograrlo.

La verdad es que si nos saboteamos alguna acción es porque realmente el no lograr esa meta es lo que queremos y deseamos o creemos que merecemos, aunque en voz alta digamos lo contrario.

Aunque de manera consciente le demos una orden a nuestro cuerpo sobre qué acción tomar, nuestras creencias o como está estructurado nuestro cerebro harán lo que saben hacer y aquello en lo que creen a nivel inconsciente… hasta que le enseñemos algo diferente.

Todos hemos tenido una infancia, adolescencia, juventud… llena de experiencias que han contribuido a que nos mostremos y actuemos de maneras concretas, en gran parte, por las creencias que se han ido grabando en nuestro subconsciente. Algunas de estas creencias nos potencian, otras nos limitan, aunque en su momento tuviesen una utilidad, hoy pueden resultar obsoletas y ser parte de un marco de referencia que obstruye nuestro progreso.

Tú eres el propietario de tu vida, no tus creencias. Tu esencia es anterior a las creencias que te limitan y puedes modificar estas creencias que ahora no quieres o ya no te sirven, para conseguir tener aquellas que sientes que te potencian y están más acordes con tu esencia, deseos y sentido.

Bruce Lipton, en su libro “Biología de las creencias” escribe sobre cómo hasta la composición molecular de nuestras células se modifican al cambiar nuestras creencias, pero una de las consideraciones más importantes a mi parecer radica en el hecho de saber que las creencias se guardan o reflejan en los músculos y no son el resultado de un proceso cognitivo.

Me explico, si aplicamos un test kinesiológico podremos saber de manera inmediata y con una fiabilidad de un ciento por ciento si una persona cree en algo o no y por ejemplo podemos identificar creencias básicas y fundamentales como: Quiero ser feliz o quiero ser próspero.

Lo más importante es que nosotros podemos creer de manera consciente que queremos ser felices y que queremos ser prósperos, pero quizás en nuestra niñez nos inculcaron un valor o creencia que decía que el dinero es malo o es un pecado; o quizás que no merecíamos ser felices pues cuando llegamos nosotros vino una desgracia a la casa o que nuestros padres se separaron por nuestra culpa… en fin, algunos de esos mensajes que de manera quizás inocente y nefasta nuestros padres nos pasaron y como ellos eran nuestro marco de referencia, pues les creímos.

La buena noticia es que como nuestro cerebro sólo sabe aprender, nosotros podemos reprogramarnos, resetear (por decirlo de alguna manera) nuestras creencias limitantes y cambiarlas por creencias potenciadoras volviéndonos amos y señores de nuestro destino y potenciando de manera inmediata nuestras opciones y recursos.

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